14 de mayo 2025

Nace en primavera, se aferra al pezón de su madre con la fuerza de los débiles y pasa sus primeros dos meses oculto en una bolsa. No abre los ojos. No camina. No muerde. Solo se deja cuidar. El monito del monte, una criatura nocturna del tamaño de un ratón, está desapareciendo del bosque templado del sur de Chile y Argentina sin hacer ruido. Su extinción sería silenciosa, como su andar por las ramas en la oscuridad.
Dromiciops gliroides es un fósil viviente. Un sobreviviente. Una reliquia marsupial que, según la ciencia, lleva más de 50 millones de años adaptándose. Lo que no pudo extinguir la evolución lo está acabando la motosierra.
Un parto al final de la primavera
El ciclo de vida del monito del monte comienza a tomar forma hacia fines del invierno, cuando el frío ya no aprieta tanto y la luz regresa al bosque húmedo. En agosto o septiembre, los machos y hembras se buscan. No hay cantos ni luchas. Se encuentran, copulan y luego se separan. La hembra da a luz una camada pequeña, entre uno y cuatro cachorros, que nacen ciegos, sin pelo, indefensos.
Como en todos los marsupiales, el verdadero nacimiento ocurre más tarde. Los neonatos apenas pueden moverse, pero instintivamente gatean desde el orificio urogenital hasta la bolsa marsupial de la madre, donde se adhieren a un pezón y se desarrollan durante semanas.
Noviembre y diciembre son meses de encierro en el marsupio. Solo la madre sale. Ella forrajea por la noche y duerme por el día. Los pequeños no se sueltan ni un instante. Su mundo es una bolsa tibia, oscura, olorosa. Así viven hasta que sus cuerpos están listos para soportar el mundo exterior.
Un aprendizaje lento, de noche
Cuando dejan la bolsa, no lo hacen solos. Diciembre y enero son meses de ensayo. Salen un rato. Exploran el nido. Maman. Duermen. Vuelven al refugio. La madre cuida, limpia, protege. Les enseña a trepar, a evitar el suelo, a seguir el olor de los frutos maduros.
Poco a poco, la familia comienza a moverse en bloque. Febrero es el mes de las excursiones familiares. De noche, la madre avanza por las ramas del arrayán o del canelo, y los juveniles, aún sin soltarse por completo, se aferran a su lomo. A ratos saltan al suelo. Huelen, prueban, juegan. Siempre vuelven al calor de su madre.
A fines de marzo ya no los necesita. Se han hecho independientes. Han aprendido lo que deben saber para sobrevivir solos. En abril, la familia se disuelve.
Una infancia larga para un animal pequeño
El monito del monte tiene una infancia larga, al menos para un mamífero de 20 gramos. Cuatro meses dura la dependencia: dos en la bolsa, uno en el nido y uno explorando. Esta duración supera a la de otros marsupiales insectívoros u omnívoros del continente. Y aquí aparece el problema: los animales que se reproducen lento y cuidan tanto a sus crías, no toleran bien la muerte prematura.
Un incendio, una tala o un camino que corta el bosque pueden eliminar a una hembra y su prole. Y eso, en una población ya fragmentada, es una herida difícil de cerrar.
Vive en grupo, pero no pelea
A diferencia de otros marsupiales, Dromiciops gliroides es gregario. No es territorial. Comparte su hogar con otros. Duermen juntos, hasta seis individuos por nido, acurrucados en cavidades húmedas, rodeados de musgo. Se buscan. Se reconocen. Interactúan por la noche mientras forrajean.
Esta sociabilidad podría haber sido una ventaja evolutiva. Hoy es una debilidad. Porque cuando el bosque se fragmenta, los grupos se separan, y los encuentros escasean. No hay gritos que guíen. No hay vuelo ni grandes desplazamientos. El monito del monte no cruza claros, ni caminos, ni campos abiertos. Si un parche de bosque queda aislado, quienes viven en él se condenan a la endogamia o al silencio.
Su comida está entre las ramas
Es omnívoro. Come insectos, huevos de ave, frutos. Pero no cualquiera. Tiene una relación simbiótica con el quintral (Tristerix corymbosus), una planta parásita que florece todo el año y de la que el monito se alimenta. A cambio, él dispersa sus semillas. Nadie más lo hace. Nadie más puede.
También consume copihue, arrayán macho, maqui. Todos frutos del bosque húmedo valdiviano. Nada de lo que encuentra en el borde del campo. Nada que sobreviva a un incendio o a la plantación de pino o eucalipto.
En los inviernos duros, entra en torpor estacional. Su temperatura corporal baja. Su metabolismo se ralentiza. Acumula grasa en la cola, que usa como reserva. Durante esos meses —junio, julio— casi no se le ve. No se atrapa. No se escucha. Como el bosque que habita, parece dormido.
Un marsupial único
No hay otro como él. Su clasificación ha generado debates por décadas. Hoy se lo reconoce como el último sobreviviente del orden Microbiotheria, una rama antigua que lo emparenta más con los marsupiales australianos que con los sudamericanos. Es el único representante vivo de su linaje. Un eslabón perdido. Un fragmento de Gondwana que respira entre los helechos.
Vive exclusivamente en los bosques templados de Chile y Argentina, desde la región del Biobío hasta los bosques del norte de la Patagonia. Pero no está en cualquier parte. Solo en bosques antiguos, densos, con sotobosque de quilas y caña colihue, con troncos caídos, con musgo y humedad. No tolera la sequía ni la exposición. Y, sobre todo, no tolera la fragmentación.
La muerte del bosque, su sentencia
Cada año se pierden miles de hectáreas de bosque nativo. La tasa de deforestación en el sur de Chile alcanza el 4,5% anual, una de las más altas del continente. El culpable: la expansión urbana, la agricultura, la industria forestal. Se reemplaza selva valdiviana por pinos, por eucaliptos, por pasto. Donde antes había copihues, ahora hay alambre de púas.
El monito del monte necesita más de cinco hectáreas de bosque continuo para sobrevivir. Por debajo de esa superficie, simplemente desaparece. Los parches pequeños actúan como trampas: los individuos quedan aislados y no pueden emigrar. Sus poblaciones se hacen genéticamente pobres. Se extinguen localmente. Y nadie llega a reemplazarlos.
Amenazas múltiples, defensa mínima
No es solo la tala. También lo cazan aves rapaces. Lo cazan zorros. Compite con roedores exóticos que llegaron con los humanos. Y, aun así, la mayor amenaza sigue siendo la pérdida de hábitat.
No hay censos exactos. No sabemos cuántos quedan. No sabemos cómo han cambiado sus poblaciones en los últimos veinte años. Pero todo indica que van en baja. Por eso, la UICN lo ha clasificado como “Casi Amenazado”, aunque los expertos creen que pronto podría pasar a una categoría más crítica si las condiciones no mejoran.
¿Por qué debería importarnos?
Porque perderlo sería perder una parte irrecuperable de la historia evolutiva. Porque dispersa plantas nativas. Porque mantiene un equilibrio invisible en los bosques donde habita. Porque es el único dispersor del quintral, y sin él, esa planta también desaparecería. Porque es parte del relato natural de un ecosistema que resiste.
Y porque, si lo dejamos morir, no podremos decir que no sabíamos.
¿Hay esperanza?
Sí. Todavía hay bosques intactos. Todavía se pueden restaurar corredores biológicos. Todavía es posible frenar la tala, restaurar la conectividad, proteger lo que queda. Pero hay que hacerlo ya. El monito del monte no puede esperar.
Los científicos lo estudian. Algunos gobiernos locales han comenzado a proteger su hábitat. Existen iniciativas de conservación y educación ambiental en escuelas rurales. Pero aún falta una estrategia nacional, una política decidida, un compromiso real.
Una vida escondida, una muerte invisible
El monito del monte, Dromiciops gliroides, pasa su vida sin ser visto. No canta. No ataca. No interrumpe. Vive de noche, entre las ramas, en silencio. Su forma de habitar el mundo es modesta. Tal vez por eso no se le escucha.
Pero está ahí, entre los musgos del bosque, esperando que no lo olvidemos.